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  1. #1
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    Espirales (Comienzo)

    El día había amanecido. Cada rayo de luz, era una saeta atravesada en el paralelo de los tranquilos primeros ladridos de "Cuqui", la perra mestiza de José Luís. El viejo herradero de vacas, permanecía abierto a los ojos de los visitantes. Justo a su vera, el bar y pocos metros más a su derecha, según mirasen los ojos de norte a sur o de sur a norte, la Nao de la iglesia en honor de la Asunción de Nuestra Señora. El cielo, ofrecía su teta de horas para que mamásemos sin reparo.
    Es grato despertar con una sonrisa; aunque esta, sea con lengua y te llene la cara de babas. Podría haberme hecho el flojo, podría haber ido a tomar pensión a Amaya, pero no habría sido tan bonito despertar y encontrarse desnudo ante el tiempo, contemplando el infinito amanecer. Tampoco habría tenido la velada en compañía de aquella gente, que no por escasa ni por ser de pueblo, dejaba de tener ese gran encanto. Creo que el aire de cordialidad se puede apreciar mejor dentro de las cavernas de la vida. Esos habitáculos felices en los que te dan más de lo que esperas o pides sin mediar pregunta alguna ni pensamiento que no se deje en la mesa tras un buen y largo trago de vino.
    ¿Cómo he llegado aquí? Habrá que pedirles escusas a los doctores, que me recetaron vivir mi corto recorrido de enfermo. Toda la vida entera, hasta esta etapa de los cincuenta bien pasados; toda esta vida, de sacrificio, de honra al trabajo, de pocas amistades en una ciudad... la suerte es que trabajé hasta ese aciago día a pocos metros de mi casa y me privó de tener que usar un vehículo para recorrer las calles en busca del cobre que hiciera gala de mi sustento. No me quejo. Poco entraba en bares o cantinas; tenía paseos largos hasta las esquinas de las casas que circundaban las calles paralelas unas a otras entre toda clase a gala de personas y personajes. Me iba bien. Tenía alma y dejaba que mis convecinos la vieran y la obsequiaba con gusto a una dama anciana que quisiera cruzar la calle de mi brazo o paraba algún bólido de sangre joven y hervida para que pudiera cruzar colegio de párvulos todos y señorita de mirada dulce al tiempo. Pero nunca me enamoré. O si lo hice, no me resigne a los encuentros esporádicos de unos ojos que se cruzan las miradas al salir del baño para después desaparecer en esta vorágine de ciudad en busca ambos del trabajo. Obtuve también suerte en las quinielas. En algo debía de perder los reales sobrantes de mi esfuerzo. Tuve suerte digo, porque no soy de los que va hermético a los partidos o de los que se cuelgan frente a las pantallas de la caja tonta para mirar cómo me quedo dormido esperando marquen un gol equipo blanco u otro. No. Más bien, soy un engendro de la suerte. ¿Por qué? Sencillo. Un día de paseo, me encontré una piedra muy blanca y la metí en mi bolsillo. Allí estuvo un par de lavados hasta que retomé la idea de lo que hacía la misma en aquella faltriquera. Tomé prestada la maquinaria del taller de un amigo y poco a poco, fui dándole la vida y forma que veía en ella. Máquinas muy grandes para una pieza pequeña... pero como tenía sobrado tiempo por aquel entonces y la compañía no era mala, lo mismo que las parrafadas de cerveza que nos pegábamos mientras tanto y después del trabajillo... tampoco me pude quejar mucho. Refrenté y escuadré lados hasta hacer un cubo no muy bonito. Limé los ángulos que quedaban para redondearlos y que estos, no dañasen mi bolsillo. En una cara, pronuncié un taladro y en otra, dos. La restante, quedó en blanco, desnuda de todo intento de broca para rasparla. Así, consigné dentro de la piedra, un dado de esquinas romas, sin aristas que pudieran cortar o hacer daño a mis dedos cuando jugara con él y unos taladros pasantes que me daban dos caras para cada resultado.
    El método fue sencillo. Lanzaba y si salía blanco, colocaba una equis. Un uno, para el taladro individual y un dos, para la cara con dos taladros pasantes. Pensaba en colocar un resultado doble o triple, si el dado caía al suelo.
    De esa simple manera, completé una buena quiniela tiempo ha. La cual, me obsequió buenos duros que integré feliz a mi cartera de inversiones. La casa donde habita mi moral, la compré con parte de ese beneficio inesperado. Lo mismo que un ático el cual, opté por alquilar y de ese modo, tenía propiedad y beneficio inmediato mes a mes. Lo demás, tieso en el banco a plazo. Para qué engañarnos. No soy persona de gastos en exceso. Aunque he de comentar, que sí, lo soy de obsequiarme algún capricho.
    Capricho. Alguno más podría haberme dado, si los médicos, me hubieran diagnosticado esto antes. No podía creerlo. Por eso, fui a más de uno. Pero cuando coinciden no sólo dos ni tres, sino cuatro, te preguntas si se jugaron tu salud en una partida de póker o si se miraron entre ellos para coincidir. El caso, es que no quise tomármelo a la tremenda; no quise un día de furia, ni de rabia extensa. Pasó. Lo mismo que podría haber sido albañil y caerme un día sin pensarlo y dejar viuda y dos hijos o unos padres desconsolados. Pero no. Mi madre, ya hacía tiempo que me había dejado. Bueno, a mí y a mi hermana. Yo era el báculo. Pobre padre mío, que no me pudo tener en brazos más de uno o dos años. Era demasiado pequeño para recordarlo y madre... madre entró a quirófano por no sé qué dolencia. Me dijo "tranquilo, enseguida salgo y vamos al zoo". Pero resultó del todo imposible. Esperé y esperé hasta que mi hermana llegó, de la mano de su novio, el mismo que la había dejado embarazada dos meses antes. Mira tú. Al menos, madre, se fue sabiendo que un relicario de su sangre, quedaba con algo de destino junto al apellido de padre.
    En fin. Cáncer. Me daban un año. Todo lo más y suponiendo demasiadas cosas, llegaban a doblarme esa fecha... Me habría dado más caprichos. No lo pongo en duda. Un buen arroz con bogavante, una paella de marisco en algún buen restaurante... alguna dama que quisiera consolar mis noches solitarias, ¿quién sabe? Quizá no hubiera sido así y hubiera continuado con mi vida sin sobresaltos.
    Una cosa, sí era cierta. Me había hecho pensar; plantearme una nueva forma de mirar las cosas. Yo, que mi mayor aspiración en vacaciones, era darme un buen paseo hasta lo que en otro tiempo, fueron las viñas de mi abuelo y mirar las calles que en este momento formaban aquellos surcos de plantas cargadas de bella uva rojiza. O, quizá, darme una vuelta hasta Alcobendas. Una película, una cena en los veladores de la zona y retorno a casa mirando las escenas que me regalaban las jóvenes parejas al amparo de parques y jardines.
    Dichosa medicina y dichosos sus sirvientes. Poco tardaron en dejarme sin madre y poco, o toda una vida, depende como se mire, tardaron en darme una noticia como esta.
    En fin. Que alterné mi vida cotidiana; la de ir andando a "Plaza Norte" y pasar el día y comer en IKEA por dos euros los fines de semana, por irme de ruta turística. Todo lo que no había salido de mi querido Sanse, lo iba a salir a partir de aquellos precisos instantes.

  2. #2
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    Me alegra mucho leerte por aqui Ahsrael, en el comienzo de este cuento en donde simplificas la vida de un hombre y sus tiempos finales. Que de cierto es que luego de un fuerte sacudón en la vida uno mira con otros ojos todo a su alrededor y realmente entiende de esos pequeños instantes que antes no valorabamos. Espero la continuación amigo poeta, un abrazo como siempre.

  3. #3
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    Me alegra mucho leerte por aqui Ahsrael, en el comienzo de este cuento en donde simplificas la vida de un hombre y sus tiempos finales. Que de cierto es que luego de un fuerte sacudón en la vida uno mira con otros ojos todo a su alrededor y realmente entiende de esos pequeños instantes que antes no valorabamos. Espero la continuación amigo poeta, un abrazo como siempre.

    La continuación, consta de cerca de 500 hojas amiga mía...
    Pero todo es posible
    Gracias

  4. #4
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    Ashra, tienes que seguir con la historia, no nos puedes dejar así.
    Me ha gustado mucho lo que he leído, tienes una prosa muy bonita con frases encantadoras.
    Vamos un poquito más ¿no?
    Venga.
    Un abrazo.

  5. #5
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    Ashra, tienes que seguir con la historia, no nos puedes dejar así.
    Me ha gustado mucho lo que he leído, tienes una prosa muy bonita con frases encantadoras.
    Vamos un poquito más ¿no?
    Venga.
    Un abrazo.
    Una paginita más?

  6. #6
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    en algún pliegue de tu corazón
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    Sí. Así resultó que los días amanecían y uno, me dio la tirada de la cabeza y me acerqué a aquel concesionario. Tenía carnet de conducir. Apenas sí lo usaba para algún recado del jefe. Pobre. Mi querido y apreciado Andrés. Siempre con el cigarro en la boca a medio consumir, sin apenas darle una calada y sin embargo… Recuerdo cómo me dio abrigo en su pequeña tienda de ultramarinos cuando sólo era un zagal que tenía que ayudar en casa. Tres bocas, no se llenan de aire y menos, cuando están en camino dos más. Ese era el resultado de andar sueltos y sin padre mi hermana y su novio. Pero sí. Entre año y año, fuimos meciendo la amistad, aquella pareja y yo, que apenas sí me trataban como obrero. Tiraban más a la cordialidad con la que tintineaban en sus faldas los recuerdos de los hijos, cuando aún eran zagales y no habían cursado carreras de letras. Me decía aquel hombre desgarbado: “Anselmo, algún día, uno de estos, regirá tu vida. No todos han de pasar por alto lo que les ha dado estudio y sustento y tú, cuenta con tu sitio. Que tiempo habrá para arrepentirte de no habernos dejado”. Yo, le miraba con la cara de zagal, ensimismado, sin apenas entender las palabras que no soltasen duros. Pero era de reconocer la bonanza de sus hechos para conmigo. No pude quejarme nunca. Tampoco el día que tomó las riendas de la empresa su hijo Antonio. 15 años más entrado en vida que yo. Buena gente. Me recordaba tanto a su padre… ahora que le tengo a flor de mente, me viene también evocada aquella reunión que tuvimos en uno de los bares cercanos. Habíamos salido del trabajo y cerrado. Como la mitad de los días y parado a tomar un café. Aquella vez, simplemente me miraba con aquel cigarro en la boca. El humo titubeaba entre el mostacho a medio colocar mientras que la cucharilla daba vueltas y vueltas, intentando encontrar dentro de la taza de loza blanca el azucarillo que no había incorporado aún. No me atrevía a preguntar. Sólo miraba y escuchaba aquel canto de metal golpeando suave contra las paredes del enser. La música sonaba suave y no incomodaba el ambiente del lugar. Acabó por soltar una bocanada de palabras que me dejaron en el sitio: “Anselmo… no sabes lo que sufre la mujer, cuando el marido queda impotente”. Así, sin más; para volver a acomodarnos en la esfera del silencio. Lo recuerdo muy bien. Lo recuerdo como si me lo hubiera comentado hace un par de horas y de ello, ya le venía al cuento diez años atrás. Pero sí. Un hombre enérgico, rápido, bien parecido, soltando a un amigo la historia de una vida que no parecía encontrar. Y entonces, me lo empotró; de sopetón, sin haberme dejado digerir las palabras que habían inundado mi mente minutos antes. “¿Sabes de lo que te hablo verdad?” “Y si no lo sabes, te lo explico.
    Meneé la mirada, esperando no continuara más. Comenzaba a ser incómodo mirarle a los ojos. No se dio por aludido y comenzó a relatarme lo que había sido su vida los últimos dos años y en un acto de amor puro, me pidió que fuera la parte que le faltaba. A mí, a un empleado. Bueno, ya no era un empleado común. Su padre, me había dado un lugar en el corazón a parte de en su negocio y si bien, no era copartícipe, de ello, si hacía y deshacía según terciase momento alguno como si de uno de ellos se tratase.
    Me dijo sujetando mi mano contra la mesa:” date los caprichos que quieras. Llénale la boca, salpícale los pechos de semen. Me han dicho que es hidratante. Llénala de carne, que quede satisfecha. Pero los besos… esos, déjalos para mis labios. Alguien tiene que consolar sus noches oscuras”.
    Aquella mirada inquieta, aterrada diría, confundida pero llena de todo el amor del mundo, me obsequiaba con el deseo de cualquier hombre y es que, Luisa, era toda una mujer de bandera. No se apreciaba que el paso del tiempo hubiera herido su piel ni hiciera mella alguna en su rostro. Tan pronto se ceñía unos pantalones que realzaban su figura impoluta, como se colocaba una falda por la cual, dejaba asomar una tersa pantorrilla y más de un silbido hilaba por la calle. Con su cabello cobrizo y sus ojos negros; la sonrisa balanceada en la cara acunando el lunar que habitaba su comisura izquierda cual luna con su lucero.
    Habría sido la perdición de cualquier hombre, de no haber sido por la decencia de puertas para afuera. Porque aunque le comieran las ganas, siempre fue una señora y de seguro, lo continua siendo. Pero sí, continuo; iba de camino a aquel concesionario ilusionado. Era la primera vez que iba a gastarme los duros en un auto y creía que tenía bien definido en la cabeza lo que quería. Llegué; tras los ventanales enormes, que dejaban entrar las miradas y empapar aquellas maravillas con el entorno de mil ojos deseosos, aparecían vehículos por doquier. Abrí la puerta con decisión y presteza y de un saltito, me colé dentro. Ya estaba todo arreglado pues una vez en el local, no podía echarme atrás.
    Un comercial, tocó mi espalda insinuando así su presencia y se prestó a acomodarme en los más versátiles vehículos que tenía en exposición. Pero mi idea era tan fija como segura. Si estaba el que iba buscando, me lo llevaría puesto. De lo contrario, siempre habría otro concesionario dispuesto a recibir mis dineros a cambio de tamaño servicio. Aquel hombre de talla menuda y escaso peso, me sonrió e hizo entender que siguiéndolo a la zona de los talleres, iba a tener un resultado más que satisfactorio.
    -Gama alta caballero. Elevalunas eléctricos, cierre centralizado, pintura metalizada, acabado gris y, la luneta trasera, se abre independiente del portón. Diesel, pero enérgico, grande, pero muy maniobrable. Sí es verdad, que no está al alcance de cualquiera pero una vez financiado, resulta muy tentador. No solemos traer un monstruo así, pero un cliente nos lo pidió y después, cambió de idea. Está con nosotros desde hace un par de meses y nos da cosa sacarlo a expositor.
    -Muy mal por su parte. Habría entrado antes a buscar mi capricho.
    -En efecto, es todo un capricho. Un lujo que se abre a quienes saben apreciarlo…
    -Todo un encanto. Las líneas redondeadas, la batalla de sus interiores precisos. Me lo quedo. Para qué dar rodeos en lo inevitable. ¿Sería tan cortés de ir preparando el papeleo? Ya veo que está matriculado, por lo cual, imagino, no será difícil colocarlo en carretera todo lo más tardar, mañana.
    -El cliente, siempre imagina bien. Estará dispuesto, previo pago y firma. Si es tan amable de acompañarme…
    Fuimos a la oficina del lugar. Una dama, hacía cuentas detrás de un ordenador y fue ella, la encargada de tomarme los datos para poner a mi nombre aquella máquina precisa e imponente. Pagué en aquel mismo instante y sin más dilación, me garantizó el vehículo para el día siguiente. Ya era tarde para hacer las gestiones de transferencias y aunque sabían maneras de entrar por puertas traseras para acelerar los procedimientos legales, siempre había ciertas burocracias, imposibles de saltar.
    Ya en la calle, el sol continuaba brillando. Lo recuerdo y creo lo recordaré toda la vida. Mientras paseaba por aquellas calles que había pretendido abandonar un tiempo para recorrer el viaje más duro que jamás pudiera realizar hombre alguno, Luisa, se cruzó en mi camino. Ojerosa, pálida, desleída en un sinfín de razones que no quiso contarme porque según su boca, no llegaban a cuento de entendimiento alguno. Ya hacía dos años desde que su esposo, Antonio, perdiera la vida de la forma más tétrica que he conocido. Se lo llevó el alzhéimer. Maldita enfermedad. Te roba los recuerdos, lo único que hace de ti persona. Te roba el alma y deja desnudo frente a la vergüenza y a la dama que tan bien conoce las fichas del ajedrez. Débil de todo, ajado de todo aspecto varonil con el cual vivió. Enganchado a aquellos tubos que me daban ese pánico, esa sensación de pérdida total y absoluta. Fue toda una ruptura de emociones aquel día, he de reconocerlo y encontrarme con aquella dama, Luisa, desencajada, después de los dos inviernos que pasaron, no me daba tan buena impresión como debiera de darme. Me tomó de la mano, intentando sacar una sonrisa. Estaba sudorosa, inquieta. Yo intentaba no caer en el tedio del que todos somos conscientes en uno u otro momento. Tampoco pretendía dejarla en aquel estado pero tenía la cabeza llena de nuevos sentidos que me llamaban a realizar aquellas cosas rápidas que me negué durante años. Sería, por un casual, quizá, que me había convertido en un viejo que no podía permitirse la pérdida de uno solo de los segundos que le restaban. Como dije, tenía la mano sudorosa, pero no quise que se notase la molestia que aquello me causaba y dejé que se afianzase en aquel reclamo de atención. Su sonrisa a medio pintar insinuaba una carencia y me dio por pensar, que quizá, era hora de cumplir una promesa. Total y al cabo, no quedaba el tiempo suficiente como para convertirnos en amantes. Mis planes, ya estaban fraguados y comenzarían al día siguiente.
    Me arrastró a medias hasta su casa. Quería tomar un té conmigo. El dinero, le había enseñado modales ingleses y la verdad, que cuantas veces estuve en su casa, siempre me atendió con gusto exquisito y cortés. Su cubertería era delicada, pero no ostentosa y su loza, una finísima obra de arte donde los labios podrían resbalar toda una vida. No había taza alguna que tuviera esquirla donde los labios enganchasen. Decía, que las palabras, tenían que ser suaves y por tanto, la lengua no había de encontrar nada que le hiciera herida alguna. Lo cuidaba todo personalmente. Nunca dejó que el dinero que entraba en su casa, saliera en criadas. Gracias a ello, unos años atrás, pudieron acomodar un

  7. #7
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    Todo leído, enterito, y vaya proposición más piadosa la de Antonio oú. Aún veo que Luisa enreda a Anselmo o Anselmo se deja enredar que, tanto monta monta tanto.
    Hacer un relato largo en el que fluyen vidas ajenas y se piensa y actúa como otros lo harían, elaborando así toda una historia, no es nada fácil. Felicito tu mérito Ahsrahel.
    Un abrazo.
    Última edición por maria jose; Hace 2 semanas a las 22:03

  8. #8
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    Todo leído, enterito, y vaya proposición más piadosa la de Antonio oú. Aún veo que Luisa enreda a Anselmo o Anselmo se deja enredar que, tanto monta monta tanto.
    Hacer un relato largo en el que fluyen vidas ajenas y se piensa y actúa como otros lo harían, elaborando así toda una historia, no es nada fácil. Felicito tu mérito Ahsrahel.
    Un abrazo.

    continuo otros 10.000 caracteres?

  9. #9
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    chalecito en la costa donde pensaban descansar una vez jubilados ambos. Pero la mala suerte, siempre trunca los sueños de quienes ayudan en una u otra manera y en esos momentos, lo disfrutaban sus hijos y sobrinos más tiempo del que ella podría decir. Daba igual; era feliz en su Sanse, lo mismo que yo hasta ese preciso momento en el cual, la vida te pega en medio de la cara y te encuentras en la bifurcación más difícil de todos tus años: o te quedas pasmado, llorando o continúas adelante y arriesgas lo que eres. Elegí lo segundo por supuesto.
    Recorrí las paredes del salón mientras ella, se ponía cómoda. Aquella estantería que llenaba toda una de ellas con clásicos acariciaba mi mirada. La siguiente, con el mueble bar, lleno siempre de licores variopintos y llamativos al paladar. De ahí, salía la primera copa de navidad cada año que brindamos por ello. Después, las cortinas de un tono magenta en fino tul que cubrían la gran ventana que daba vista a la calle principal. La persiana a medio bajar evitando que entrara el sol a espuertas y dibujara demasiadas sombras imperecederas. Por lo demás, sólo restaba darle nombre propio a la otra pared; tenía dos puertas. La que daba acceso a la sala desde el recibidor y la que pasaba directamente al pasillo por el cual se accedía a las cámaras dormitorio, cocina y baños. Carecía de terraza, aunque sí podríamos llamar así, a una pequeñísima repisa que colgaba de la pared externa de la cocina y en la cual, las cazuelas tomaban un poco de fresco, cuando habían calentado demasiado sus posaderas metálicas.
    Si hubiera asomado la luna en el mismo instante en el cual, apareció Luisa, habría resultado un cuadro precioso, perfecto e insinuante. Una bata, cubría casi por completo su cuerpo, aunque dejaba ver la trasparencia de su piel desnuda de cintura para arriba. El cinto, apenas sujetaba ambas partes de la misma y la bandeja con el té, no evitaba que estas, se deslizasen suave y tímidamente hacia los laterales de su cuerpo. Era una escena que parecía pensada hasta el extremo; sacada de una película de seducción y… me dejé llevar. Creo que era lo que esperaba, lo que esperó desde hacía esos diez largos años de insatisfacción carnal en los cuales, no pude hacerme cargo de aquel vicio por pertenecer el cuerpo a la mujer de un jefe, de un amigo.
    Fue la primera vez, que vi romperse una taza y no dar importancia a tal echo.
    Nos habíamos vuelto locos; nos habíamos enredado en su melena suelta; nos habíamos bebido todo lo que tenía nombre y aun así, creo que no quedamos satisfechos. Fue la locura de despedida. La primera y la última vez que su piel pudo rozar la mía. Y como prometí, no besé sus labios.
    Amaneció. Di un salto para salir de la cama y coloqué mis pasos en el quicio de la puerta de la terracita. Alguna nube había salido en el horizonte escaso que dejaban entrelazar a mis ojos con el mismo, los edificios que había entre medias. No parecía fuese a salir mal día. Corrí las cortinas para que no se viera lo que hacía o deshacía y me fui a preparar un tazón de leche a la cocina. Daba la casualidad maravillosa, que está, tenía una ventana que salía a la galería y por tanto, podía dejar el almuerzo muchas veces en el alfeizar para recogerlo por el otro lado y darle al diente sentado, acurrucado en la pequeña paz de mi rinconcito al amparo de miradas pero con el insinuado despertar de la calle. No tenía prisa alguna; hacía unos días que había pedido mi excedencia por nada menos que dos años. Si viviera para aquella época, volvería a trabajar, pero como todos los pronósticos eran del todo negativos, no perdía nada salvo un pliego de dineros que no podría llevar conmigo a la otra orilla. La leche, manchada por una cucharadita de café y unas galletas rellenas de chocolate me supo a gloria. Era sin dudarlo el primer día del resto de mi vida. Descansé la mirada con el tazón entre las manos y mis oídos dejaron que la música del canto de los gorriones que seguro, peleaban por unas briznas de pan en la calle, entrara por los mismos durante esos instantes de magia en los cuales, la mañana despierta del todo. Respiré hondo. Todo cuanto pude y me levanté de mi pequeño oasis. Tenía una maleta de mano preparada. Poco habría de llevarme conmigo. El camino, da muchas oportunidades y las ciudades que se abrían al caminante, de seguro, tendrían tiendas llenas de ropas que cubrirían mis carnes cincuentonas. Una maleta… y un millón de recuerdos para pasar las noches solitarias.



    Así, llegué aquí. Recordando las palabras de mi abuelo: “si no estás a gusto en un lugar, toma las de Villadiego y date una vuelta por el mundo”.
    Un mapa y a buscar ese tal… Villadiego.
    Nada tan sencillo, como apresurarse a tomar la autovía de Burgos A-1. De allí, a Villadiego. Todo tranquilo aquel camino. No por falta de uso de carnet de conducir; sino, porque mis retinas necesitaban llenar los huecos de belleza que dejaran atrás las vides del abuelo, para dar paso a los mares de asfalto que las circundaban en el momento actual. No pasaba de 90 por hora. Creo que una abuela me hubiera adelantado andando. Pero no importaba. Cuando te falta, derrochas la sabiduría de recordar. Era un viaje largo a la par que corto. Corto, lo que estaba fuera, los kilómetros que se recorrerían de uno u otro modo. Grande, gigante, el que cada hombre debería de hacer una vez en la vida. El viaje al fondo de su corazón. Y allí, en medio de la carretera, estaba mi alma, buscando el hueco que no había tenido nunca o por lo menos que no había querido encontrar; y es que cuando parece que lo tenemos todo, en realidad, nos falta una parte importante de la cual, ni nos damos cuenta de su ausencia. Llegué como dije a la monumental Burgos. Tenía un poco de hambre; pero había tomado las medidas de preparar unos bocadillos para no tener que desmontar de mi máquina antes de llegar a destino… aunque mi destino, no fuera el pueblo de la memoria sino, el más pequeño que pudiera albergar mis posaderas sin que mirase nadie si dormía o meaba en contra del viento en mitad de ninguna parte.
    Burgos. De Burgos a Villadiego y allí, preguntar. Era un lugar bonito en extremo; había conservado las líneas de antaño, con las paredes de adobe y las fachadas entretejidas con machones de madera pintada. Aunque ya tenía toques modernistas en materiales, conservaba sin lugar a duda aquel encanto. No quise detenerme más de lo necesario. Sólo para preguntar ruta. Una palabra clave: raro. El nombre del pueblo más o menos raro cerca de este. Me respondió un hombre que jugaba con su cachaba a la sombra de una pared de la plaza. Sotresgudo. Pocos kilómetros. Le hice caso y tomé la ruta indicada no sin antes cerciorarme en el plano. También, miré si en los alrededores de dicho pueblo, existía lo más pequeño habitado y me pareció ver una muesca apenas al lado de un nombre: Peones. Por lo cual, tomé camino a Sotresgudo y allí, volví a preguntar por lo que buscaba, aquella pequeña muesca que parecía más una mancha sobre el plano que un pueblo. Carretera BU-623… sinuosa, temblona, tenía más baches que kilómetros, pero no importó demasiado. Mi precioso “apartamento de verano rodante” venía preparado para hacer cualquier viaje, una ruta de placer. Y llegando casi al final del camino a mano derecha, se abría una carretera aún más estrecha y llena de insinuaciones que llevaban a las mieses cortadas o a la arboleda de la izquierda llena de chopos altos y delgados entrelazados en un mar de hojas verdes claras. Todo se dejaba ver entre un retorcido cielo de sol y de nubes. Peones. O por lo menos, eso marcaba el indicador. Había mujeres andando a la vera de las cunetas que me miraron cuando llegaba. Enfilé mi vehículo y lo dejé pegado al pueblo sin entrarlo apenas. Asomé las piernas y estiré la espalda. Parecía que el resultado del viaje, había dado de sí en un bonito mediodía. Respiré tan profundo, que creí, mis pulmones se iban a partir por dentro en un millón de pedazos y continué mi camino por aquella calle hasta lo que parecía la plaza. La Iglesia, el bar, el locutorio y la herrería estaban pegados entre sí. Un pretil a modo de asiento, se alargaba hasta la misma puerta donde los utensilios de herraje estaban a la disposición de los ojos. Frente a ellos, una pequeña cuesta y en medio, la fuente con su pilón a dos alturas. Casas de adobe a ambas manos y justo debajo de estas, enfrente de mí, las huertas desvencijadas. Sobre estas y al fondo, se hacía notar el amurallado cementerio donde algún día, nos pondrían un chalecito a cada uno. Acerqué mi cuerpo a la fuente y tomé un sorbo de agua. Estaba inusualmente fresca y limpia. Oí un ruido de motor y me giré. Un Peugeot 205, entraba por la calle y se dejaba entrar en una zona de corral, donde unas gallinas disfrutaban de hierba y grano al lado de un par de tilos. De este, salieron dos figuras. Un varón de pelo lacio y andar encorvado y una dama de más o menos la edad con rizos pequeños y pegados a la cabeza en tonalidades rubias. Era chaparra y andaba un tanto encorvada, pero la sonrisa que se desprendía de su boca, era un racimo de buena uva cuando aprieta la sed. Me pareció una pareja encantadora. Sacaron bolsas y se introdujeron en la casa del fondo.
    Cuando hubieron entrado, me acerqué con cierto sigilo y miré en el buzón el nombre del residente: José Luis Mediavilla.
    Por la puerta, asomaba el canto de pucheros y de la ventana salían aromas viejos de guisos y cocidos. Tenía la casa, un asiento como el de arriba de la plaza, practicado en piedra y armado de hormigón sabiamente pintado de un gris pálido que contrastaba con la blanca pared encalada. Un macetón al lado derecho de la puerta, donde la hierbabuena y el perejil, hacían migas a un solo compás. Alguna curruela escapada

  10. #10
    Avatar de lyliam
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    16 mar, 11
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    Queremos más!! Como dijo tu abuelo "Toma las de Villadiego y te das una vuelta por Monosílabo"

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