1. #1
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    Antorcha, un Planeta Naranja (Cuento Infantil)

    Había un planeta muy, muy lejano de color naranja, achatado por los polos y relleno de gajos brillantes, el líquido de estos gajos se desparramaba al exterior formando ríos, mares y océanos de un líquido semitransparente con un sabor a veces más ácido y a veces más dulce pero siempre con el tono entre amarillento y rojizo. El cielo se dividía en dos estados, el amanecer de la primera mitad del día y el atardecer de la segunda, se vivía en una constante puesta y salida de sol que teñía siempre el cielo de un suave reflejo anaranjado.

    En ese planeta vivía una niña a la que sus padres llamaron Antorcha, una niña más luminosa que el resto, de pelo alborotado, piel canela y ojos vivos. A Antorcha le gustaba correr por los prados entre el trigo, buscar animales en el río, comer pastel de calabaza los domingos y, sobre todo, preguntar a su padre lo infinito: ¿Por qué es todo tan naranja? ¿Es cierto que hay más colores en otros planetas? ¿Cuándo me vas a llevar? ¿Por qué?

    Y su padre, que desconocía el universo, se encogía de hombros y le relataba cuentos inventados, abrazaba fuerte y fantaseaba para ella una nueva gama de colores. “Hay planetas dónde el cielo es de un color azul pálido, los mares azules oscuros, la hierba verde y las nubes tan blancas que no llega a reflejarse el naranja” “Todo lo he soñado esta noche”

    “Papá, yo también lo soñé anoche, todos esos nombres de colores… y los niños comían frutas verdes” “¿Podemos ir?”

    “No sabemos, pequeña” “Cuando seas mayor aprenderás a viajar tan lejos como puedas”

    Las inquietudes de Antorcha se convirtieron en obsesiones, la niña levantaba y recogía cada piedra esperando que fuera un meteorito exterior que le permitiera observar un nuevo color. Tanto buscó que al final encontró, y no sólo uno, un juego de acuarelas de otro mundo u otro tiempo, allí había colores fríos y nítidos. Desde que la niña lo vio no volvió a ser la misma, se escapaba continuamente al desván para pintar, pintaba lo que soñaba y soñaba lo que pintaba.

    Ya no corría por los prados, se dibujaba a sí misma en ellos, con un vestido azul sobre la hierba verde rodeada de flores. Y le enseñaba a su padre los dibujos y le pedía que le consiguiera aquello, se lo exigía con llantos desesperados, ya no había paciencia para crecer e ir ella misma, necesitaba ver margaritas, hortensias y violetas. “Papá, marcha y vuelve con las flores” entre gemidos se le escapaba un por favor en modo de súplica desesperada.

    Y, por supuesto, su padre se fue, con el miedo ignorante ante lo desconocido abandonó la tranquilidad de su bello planeta naranja y surcó los cielos buscando entre las estrellas las flores que ilusionaran a su hija.

    Recorrió numerosos planetas, casi todos áridos y aburridos, mucho más que el suyo. Desiertos de arena, tormentas de rayos, frío constante, pero nada de hermosas flores. Hasta que llegó a un enorme mundo, un planeta al que llamaban azul por la abundancia de sus océanos pero que era una preciosa mezcla de pigmentos, y allí había numerosas flores y de cientos de colores, claveles, rosas, amapolas, orquídeas… Y las quiso recoger todas, abandonó feliz el planeta con plantas y pétalos de todos los matices. Pero el viaje de vuelta fue triste, las flores no eran eternas, se marchitaban, caían derrotadas y perdían muy pronto la vida, nunca llegarían a la vista de su hija. Tenía un problema, no sabía conservar la fugaz hermosura.

    Dio la vuelta a su camino, no regresaría sin una mínima esperanza, halló la respuesta al pensar en su planeta naranja, allí las calabazas y los girasoles se reproducían, las flores del planeta azul no podían ser distintas. Y, esta vez, cargó los sacos de semillas y dejó las flores vivas.

    Antorcha le esperaba, pero algo había cambiado, ya no tenía ansia de flores sino que aguardaba a su padre, echaba de menos sus historias y sus sueños, los abrazos tiernos bajo el atardecer dorado. Seguía pintando pero en todos los lienzos aparecía él junto a las flores.

    Los diminutos brazos de Antorcha rodearon el cuerpo emocionado de su padre, no preguntó por las flores, no preguntó por los azules y verdes, no se alejó de su lado hasta la noche, y al día siguiente su padre le mostró las semillas y juntos las sembraron en la huerta. Y todas las mañanas comprobaban si germinaban y Antorcha, acuarela en mano, bosquejaba con el rostro atento al suelo, al agua y la temperatura, su padre nunca fue bello pero lo fue en sus lienzos, Antorcha resplandecía cada mañana mientras le pintaba.

    Las flores germinaron; un día al alba emergió la primera flor, en ese mundo era una extraña, después la siguieron muchas y llenaron el jardín de tonos rojos, azules y púrpuras. Cuando se acabaron las acuarelas las mismas flores rellenaron la paleta.

  2. #2
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    Y pintaron todo con pintura floral y colorín colorado, aquí acaba el bello cuento anaranjado.
    Una gozada de cuento.
    Abrazos.

  3. #3
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    Cita Iniciado por Eratalia Ver mensaje
    Y pintaron todo con pintura floral y colorín colorado, aquí acaba el bello cuento anaranjado.
    Una gozada de cuento.
    Abrazos.
    Debí cerrar con un colorín colorado, sí. Qué menos.

    Abrazos.

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