Asuntos propios: El Hombre



7
La carne



―Oh, la dama de las camelias. Disculpe usted… ¿El honor, mi señora?
―Vencido ―contestó la dueña de las hojas donde dormíamos. Con la raíz que me atizó aún en movimiento ―. ¿Siempre dormís tanto?
―No es de principio la voz, no. ¿Débil con esas raíces y dientes?
―¿Tragas cuanto ves?
―Faltaría más…, sobre todo a quien pintó música, mucha música. ¿A carboncillo?
―No son mi fuerte las paletas… ―Imitando el empolvarse la nariz con dos de sus hojas.
―De jurar…
―Ahorra, querida, y ten el favor de quitarme al flemático de encima.
―¿La oyes, Pez? ―levantando el tono de voz, dado que Pez continuaba sin moverse―. Pues sí que nos ha crecido…

De tan voluminosa, a su lado éramos señuelos. Al igual que con el resto de la vegetación. Vaya con la plantita. Que de no ser por el amarillo de su abierta flor, el resto, en su color ceniza, diríase que fue arrasada por el fuego. ¿No estamos? ¿A qué buscarnos? Mirarnos interrogantes mientras le dábamos la espalda fue lo suficiente para volver a sacudir sus raíces por el suelo. Alzarnos con ellas y tras depositarnos boca abajo, en la redondez de su flor, cierra el diámetro. Dejándonos a su merced.

―¿Adónde creéis ir? ―amenazó―, poniéndose en pie.
―Gigante, carnívora e independiente... ―En el intento frustrado, siquiera de moverme―. ¿Se podía pedir más?
―¿Mejor que una alfombra voladora? ―irrisorio, Pez.
―No soy de las convencidas ―puntualicé―. ¿Se pone en marcha?
―Lo endeble siempre cae por donde se cierne el astro ―remarcó, Flor.

Avanzando a grandes zancadas. Nos vimos obligados, en el vaivén de los saltos, a agarrarnos de sus enrejados dientes. Viajando a una altura más que esplendida, aunque prácticamente cegados por el ardiente calor externo. Llegándonos hasta la sombra de un considerable precipicio. Con el mar de fondo.

―No iríais muy lejos ―invitándonos a saltar al mar―. Ahora marcharos, volved a casa. No es la primera vez que las aguas, en su trova, entre otros, escupen seres como vosotros. Como que ni tan siquiera sé qué tenéis de cierto, por eso estáis aquí. Porque sois de acá, ¿no?
―¿Escucho dilatarse a tu nariz? ―Propinándole un codazo a Pez―. ¿Y yo?
―¿Flaqueas? ―retó, Pez.

¿Quién se creía? ¿Dónde estaban las costas? Ni para quienes miran la Tierra desde arriba. De vértigo ¿Redonda? Quizá la de propina, la que se sirve en moneda. Ni tan siquiera con las aguas al margen. ¿Desde aquella falla? Insalvable. Como que al uso, a la tierra le es mejor la figura de las pirámides. O, ¿cómo símil por su fidelidad con el terreno? Y, también, ¿cómo reflejo del Universo? Claro que sabiéndonos como nos sabemos, las grandes edificaciones, no dejan de tener el sello de la esclavitud de por medio. No siendo así para el conocimiento. De él la algarabía, el ánima que llevamos dentro. ¿La ingenuidad ante su obra?

Aunque fue Flor quien volvió a enredarnos entre sus ramas. Quien arrastrándonos con ella nos lanzó al mar. Malográndose. Esparciéndose sus raíces y ramas. ¿Cayendo en propia trampa?

―¿Y tú? ¿A qué esperas? ―me atacó, Flor.
―¿Hay que hacerlo? ―Agarrada a una de sus ramas, acercándome a ella.
―¿No has crecido lo suficiente?
―Sobre todas las cosas.
―Escaseas en las formas, pequeña… ―sacudiéndose fuertemente, evitando el acercamiento.
―¿Extraviaste la condición? Lástima no ser de acá, bien podría hacértela llegar… ―dije en cuanto quedó en calma.
―Desde que quieras… ―osó, Pez, llegando por mi espalda. Templándose en mi cintura―. De ti presto, princesa…
―¿Prestada? ―observó, Flor―. ¿No sois…?
―De vuelo, igual que la deshora, ¿he dicho deshonra?