Asuntos propios. El Hombre.



2
Pez y yo



Paralizado Pez volví a la invitación, que resplandeciente seguía sobre la mesa. De sus entrañas el mar se batía en horizonte. En despliegue, improntas imágenes ensordeciendo a mis oídos por majestuosas: gigantescas vegetaciones multicolores, aguas en bocas yerras, estadios de tierras desérticas, acantilados descomunales. Explanadas de árboles tocando a cielo. Kilométricas espumas, ribeteadas a guiño. Indomables bosques. Cordilleras coronadas en reverencia. Suculentos collares de agua cayendo a complacencia. De corto y en melena dunas rubias y morenas. Fulgurantes corrientes en vena,… Entusiasta daba algún que otro aleteo a Pez que se mantenía rígido, sin existencia, colgado en rama. Con las imágenes de las distintas especies de fauna mi expresión cambió de color. La visión de las jaulas causaba estupor. Hasta que atónita sostuve la mirada, sin dar crédito a mis ojos.

―¿Gente? ¿Yo? ¡Pez!

Que volvió a morderme. Cediendo la sensación de mareo, de cuando tropiezo o recibo algún que otro golpe físico. Al indescifrable cosquilleo dulzón de mi cabeza, gusto que provoca la pérdida de los sentidos, al eminente y absoluto abandono del cuerpo. Al desvanecimiento que, como tantas veces, me estrella contra el suelo. Y aunque normalmente es revitalizante, en esta ocasión, a oscuras y en medio de aquella nada, el efecto fue contrario. Aparte del desasosiego, se añadió el temor a moverme. Con escasa visión, desorientada, permanecí quieta, suspensa en la porosa roca. ¿La tarjeta? ¿Pez? Posándose en mi cara.

―Volviste hacerlo...
―Estas…
―Estamos.
―Sí, pero…
―Mira que somos…
―No llevas…
―¿Y ahora?
―No digas nada…
―Decidme.
―No sé más que vos.

De un salto me puse en pie. ¿Mi vestido? ¿Pez y yo? Lejos de cualquier tipo de visión, imaginaria o no. Desalentador. Él, expulsado del mar. ¿Y yo? En absoluta pequeñez. Aun así, me subí a Pez a un hombro y salí al paso de los pequeños rayos de luz que se filtraban por el suelo. Sorteando los pies por entre las rocas. Sin pisar tierra hasta que no nos tropezamos con una corona de luces artificiales. Luces que custodiaban la boca de una gruta.

Pez no volvió a la oreja, ni al dedo. Saltaba y merodeaba de arriba abajo por el brazo y lo que no era el brazo. Jugaba a sus anchas por el largo y ancho de mi desnudo cuerpo. En piso firme, y bajo techo la situación no fue más agradable. Sentía cómo se desvanecía la luz a nuestra espalda, el adelante proyectaba una relajante música, interminable. Más cuando contrarrestada, y en aumento, un incesante siseo me puso en voz de alarma. ¿Insectos en masa? De sobrecoger el vacío que provocó entrar en aquella antesala.

―No eres única… ―murmuró Pez.
―¿Ni más ni menos que tú?
―No hasta ese punto ―concluyó, mirándoles.

El gentío era inmenso. Con más iluminación que hasta entonces, y como a dos metros por debajo de nosotros, nos cruzaba un canal. Una fosa. Albergando a grupos de gente de lo más variopinta. Visiblemente marcada, en círculos de seis o siete individuos. Ajenos unos de otros e inmersos enseñas y hablas. Sin salírseles un codo de lo que fomentaban. Toda una declamación. ¿Carnes de un mismo queso? ¿Bebederos de nada? En mi confusión, y tras desechar ir por el puente que conducía al otro lado, un eufórico Pez, tirándome del pelo pedía que bajásemos. ¿Qué nos unía? De mi parte y en mi usual sin pensar, proseguí por la izquierda de la entrada, bordeando el canal, De obligación o no, el detenerse no haría desaparecer aquel estruendo follaje, que no cesaba de multiplicarse. Sin embargo dejé de observarles. ¿A qué tanto fervor? Haciéndose en mí un repentino deseo de cubrirme, de tapar mi intimidad, el sexo. Sensación que llegaba de frente, a unos pasos de un desnivel reflectante. Que no tardó en presentarse. Un hombre, postrado en silla de ruedas, obstaculizaba el paso. Con el mentón levantado, apoyado contra su puño derecho. Mirándome con los ojos desorbitados; con desenfreno y descaro. Mirada que aguanté, sin pudor o recato, de igual forma, en la que habíamos tropezado. Sin concluir antes de que él, bajando la cabeza, se hace a un lado.

―¿Pez? ¿Dónde estás, Pez? ¡Agua!
―A qué esperas, mujer, ven, entra…