Tema: Rojo clavel

  1. #1
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    Rojo clavel

    ROJO CLAVEL


    Era el clavel. Aquel rojo clavel fijado con una horquilla de carey entre las crenchas, simétricas, brillantes y aún voluminosas, del negro cabello de la Amparo. Cada tarde, como si de un antiguo ritual se tratase, Herminio se acercaba hasta la pequeña placita, junto a la Catedral, donde aquella mujer de tronío, gitana por raza y vocación, leía con su rancio ingenio la buenaventura en las manos de los guiris, incautos y colorados, quemados por el recio sol de Andalucía. Los ojos de Amparo, zafiros incendiados por los soles del ocaso, eran freno suficiente para poner coto a cualquier intento de escarnio. En todo caso, Herminio sabía que en la tabernilla de la vuelta, tomándose un fino a la salud de quien fuere, el Heredia acudiría veloz a silenciar con la punta de su chaira de siete muelles cualquier desmán que alguien, pasado de sol y de cerveza quisiese intentar con la Amparo.


    Eran los pasos sobre las piedras ardientes de la tarde como un gotear de plomo, como sangre que rezumase desde los corazones de las palomas heridas. Eros se divertía en aquellas canículas tórridas, y junto a los rayos del sol enviaba sus dardos como espinas de las rojas rosas agonizantes. La fuente, más allá de los tiempos, desgranaba el bajo continuo sobre el que se trazaban las coplas.


    Pero Herminio estaba obsesionado por el clavel, aquel rojo y estridente blasón fijado en lo alto de la hembra, que proclamaba las vergüenzas del impotente amor que él, el menguado oficinista, solterón y misántropo, sentía por aquella gitana reventona. En una tarde que ya debiera estar muerta en los quicios de su memoria, ella le ofreció el clavel, como grito silencioso de una pasión –pensó él- imposible. “Venga, resalao, dame esa mano de príncipe, que te voy a dar la buenaventura”. Herminio, desbordado por sus timideces, acabó borracho perdido en la tabernilla de la vuelta, de la mano del Heredia.
    Y Herminio se enamoró locamente de aquella mujer, saltándose todas las rígidas convenciones y normas morales que separaban a los gitanos de los payos. Al fin y al cabo, había sido la primera mujer que le había hablado y, además, para musitarle palabras de felicidad.


    Un aliento, como un sopor o una oración musitada por esfinges, se deslizaba entre las filosas esquinas, atizando su blancura soleada y los claveles marchitos de las rejas.
    Ángeles negros preparaban los crespones. Y junto al río, en los troncos blanquiverdes de los álamos, alguien escribía torpes proclamas de amor.


    Ya algún otro intento de aproximación a la gitana, a la caída de la tarde, cuando el clavel y el sol sobre el horizonte parecían ser la misma cosa, había sido disuadido por el brillante acero, disimulado y silencioso, del Heredia. Aquella tarde, un día más, Herminio siguió a la Amparo cuando ésta se retiraba. Heredia dormitaba en el frescor de la taberna. Delante de Herminio, el clavel, provocador en sensual balanceo. Al fondo, el rojo sol, andaluz y universal. El relámpago de otro acero fulminante abatió a la gitana en la sórdida boca de un callejón. El clavel, los claveles de su sangre, se esparcieron por el sonoro empedrado. Ahora sólo quedaba el sol mortecino, impasible testigo de aquel crimen. Ni Eros ni Tánatos entendieron nunca de etnias.


    La sangre de las palomas heridas agonizó junto aquella sangre nueva, que traía sus espasmos de muerte a la agónica clepsidra. Un sonido rojo y grave brotó de los adoquines que trocaron el esperado frío de la noche por el frío definitivo de la muerte.


























    "Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre"
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  2. #2
    Avatar de Eratalia
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    Ozú, mi arma, pos si que acabó bien el asuntillo del roho, roho clavé.

    Magnífica la historia, y las frases en rojo son un magnífico telón de fondo para la narración.

    Impresionante tu manejo de las palabras.

  3. #3
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    Avatar de maria jose
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    Un relato envolvente, me ha gustado mucho su expresividad y carácter y ese final inesperado por cuanto impredecible es la pasión.
    Te felicito Miguel.
    Un abrazo.

  4. #4
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    Ya ves, Era, los peligros que tiene lucir tipito en según qué sitios. Con razón cantaba nuestra voz más racial y representativa, D. Manuel Escobar, q.e.p.d.: "No me gusta que en los toros te pongas la minifarda..." Y es que los toros son mu malinnos. Multibesibrazos mediterráneos,
    miguel
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  5. #5
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    Me alegra mucho, María José, que e este reingreso mío en el foro haya traído poemas y relatos que sean satisfactorios para vosotros, los lectores. Espero seguir "en racha" mucho tiempo. Un abrazo, amiga mía.
    miguel
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  6. #6
    Avatar de lyliam
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    No me asombra quedarme como en suspenso ante un cuento tuyo Miguel. Siempre admirando esa forma de escribir que te deja con ganas de continuar leyendo. La timidez y la pasión casi nunca resultan pero es seguro que se atraen. Será que nos seduce lo inalcanzable, lo que es extraño, lo que nos enseñaron que no era bueno, lo que es ajeno. Triste final tan rojo poeta. Un gusto verte aquí con todo tu arte y un abrazo claro.

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